OPINIÓN | Ahora que no nos ve nadie
No quiero ser un ejemplo de superación, quiero ser yo
David Gámiz reflexiona sobre la ceguera, la autonomía y el derecho a vivir sin tener que demostrar nada a nadie
Viernes 23 de octubre de 2026 - 19:15
Supongo que cuando mis padres esperaban mi llegada al mundo, como todos los padres, imaginarían muchas cosas. Que sería feliz, que estudiaría, que encontraría un buen trabajo, que algún día formaría mi propia familia. Seguramente tendrían sus ilusiones, sus proyectos y hasta alguna discusión sobre a quién me parecería.
Lo que probablemente no imaginaron es que aquel niño acabaría siendo ciego, porque nadie sueña con tener un hijo con discapacidad. Nadie se acuesta pensando que ojalá el niño que viene en camino tenga que enfrentarse durante toda su vida a dificultades que los demás ni siquiera saben que existen.
Y, sin embargo, aquí estoy. Soy ese al que muchas personas felicitan por hacer cosas que para mí son absolutamente normales. Por trabajar, por viajar, por desenvolverme con un teléfono, por escribir cuatro ocurrencias en las redes sociales o por cruzar media España para hacer algo que me apetece.
Agradezco esos elogios. De verdad. Sé que detrás de la mayoría hay cariño, admiración sincera y buenas intenciones. Pero a veces me pregunto si quienes me felicitan por hacer esas cosas felicitarían también a cualquier otra persona por hacer las mismas cosas.
Porque yo no me levanto cada mañana pensando que voy a superar una discapacidad. Me levanto pensando que tengo que ir a trabajar, que se me hace tarde, que no he dormido lo suficiente o que vaya coñazo de lunes me espera, pensamientos que muchos de ustedes también disfrutan al comenzar una semana.
La cuestión es que he conseguido que mi vida parezca tan normal que a veces hasta las personas que me rodean olvidan que no siempre es fácil vivirla.
Se acostumbran a que llegue, a que salga, a que viaje, a que resuelva mis problemas. Se acostumbran a que me ría de mi propia ceguera, a que haga bromas, a que no pida ayuda si no la necesito. Y terminan dando por hecho que todo funciona solo.
Pero no es así. Detrás de esa normalidad hay un semáforo que no suena y que me obliga a preguntar a alguien o a hacer uso de las tecnologías para salvar la situación, hay autobuses en Málaga a los que sus conductores, bien amables ellos, bajan el volumen de la megafonía que anuncia las paradas y ahí ando nuevamente preguntando a alguien o mirando mi ubicación en el GPS, personas que se plantan delante de mí en mitad de la acera y parecen esperar que sea yo quien las esquive, como si el bastón blanco fuera un detector de gilipollas con sistema de frenado automático.
Hay obras que aparecen de un día para otro en el camino que llevo recorriendo veinte años. Hay aplicaciones que dejan de ser accesibles después de una actualización, de esto saben mucho Renfe o la propia Facebook, máquinas que todo el mundo maneja con una pantalla táctil y gestiones que podrían resolverse en cinco minutos si alguien hubiera pensado que también existimos.
Y hay días en los que todo eso se acumula. Días en los que uno está cansado, tiene preocupaciones, le duele la cabeza o simplemente no tiene ganas de librar otra pequeña batalla para hacer algo tan sencillo como llegar a casa.
Lo curioso es que muchas veces ni siquiera lo cuento.
¿Para qué?
No quiero pasarme la vida explicando las dificultades que tengo. No quiero que cada conversación termine hablando de mi ceguera, ni que nadie me mire con esa mezcla de ternura y lástima que tanto me incomoda.
Pero tampoco quiero que se confunda mi autonomía con la ausencia de dificultades.
Que haya aprendido a vivir con algo no significa que ese algo haya dejado de pesar. Y quizá esa sea una de las contradicciones más difíciles de explicar.
He dedicado buena parte de mi vida a conseguir que mi discapacidad ocupe el menor espacio posible en ella. A estudiar, trabajar, enamorarme, equivocarme, ser padre, volver a empezar cuando las cosas se torcieron y construir una existencia que, con sus luces y sus sombras, considero bastante buena.
Y ahora resulta que, por haberlo conseguido, a veces parece que ya no tengo derecho a quejarme. Como si desenvolverme bien significara que todo me resulta sencillo. Como si tener sentido del humor fuera una garantía contra los días malos. Como si no necesitar ayuda para muchas cosas significara que nunca voy a necesitarla.
No quiero ser un ejemplo de superación permanente. Qué agotamiento, por Dios. Bastante tengo con intentar ser una persona razonablemente decente, que no siempre lo consigo.
Tampoco quiero que me admiren por sistema. Prefiero que me valoren por lo que hago, que me discutan cuando no estén de acuerdo conmigo y que me digan que he escrito una gilipollez cuando realmente la haya escrito.
Porque también tengo derecho a equivocarme, a ser contradictorio, a tener mal carácter y a caerle mal a alguien, sobre todo a caerle mal a alguien.
Hay quien parece pensar que, por ser ciego, debería tener determinadas opiniones, defender ciertas ideas, mostrarme siempre agradecido y mantener una especie de bondad obligatoria. Como si la discapacidad viniera acompañada de un manual de comportamiento y una ideología preinstalada.
Pues siento decepcionar a quien espere eso de mí.
Tengo mis propias ideas. Algunas acertadas, otras seguramente equivocadas. Las cambio cuando encuentro argumentos mejores y las defiendo cuando creo que tengo razón. No pienso pedir permiso para opinar ni disculpas por no encajar en la imagen que otros se hayan construido de lo que debería ser una persona ciega.
Y voy a seguir escribiendo. A veces con humor, otras con ironía y alguna vez, como hoy, dejando a un lado las bromas porque hay cosas que merecen contarse de otra manera.
No sé si soy valiente. Nunca me he sentido especialmente valiente. La valentía, al menos como yo la entiendo, consiste en elegir enfrentarse a algo que da miedo. Y yo no elegí quedarme ciego. Simplemente me tocó vivir así y tuve que aprender a hacerlo, unas veces mejor y otras peor. No voy a decir que la ceguera me haya convertido en una persona extraordinaria, ni que gracias a ella haya descubierto una sabiduría especial. Me ha enseñado cosas, por supuesto. Pero también me ha quitado otras que me habría gustado conservar. Y reconocerlo no significa que esté amargado ni que sea infeliz. Significa que no necesito mentirme para estar en paz con mi vida.
A veces me he preguntado cómo habría sido mi vida si hubiera podido elegir. Y probablemente, de haber tenido esa oportunidad, habría elegido ver. No voy a engañar a nadie.
Pero hay una pregunta que siempre me hago cuando pienso en estas cosas y que ya no resulta tan fácil de responder: ¿habría sido más feliz?
Porque mi ceguera también me obligó a salir de la protección de mi familia, a estudiar, a espabilarme, a conocer personas y lugares que seguramente nunca habrían aparecido en mi camino. Me llevó a construir una vida que difícilmente habría podido imaginar aquel niño que crecía en Priego de Córdoba.
He estudiado una carrera, he trabajado en cosas muy distintas, me he casado, he sido padre y he conocido veinte países repartidos por cuatro continentes. He tenido momentos maravillosos, otros que preferiría olvidar y unos cuantos en los que, si hubiera sabido lo que venía, probablemente me habría quedado en la cama.
¿Y qué habría sido de mí si hubiera nacido viendo?
Pues vaya usted a saber. A lo mejor habría seguido el camino de muchos muchachos de mi generación. Habría terminado trabajando en un taller, en una confección o echando jornales en la aceituna. Quizá habría descubierto que se me daba bien la informática y habría terminado dedicándome a ella. O habría estudiado igualmente, me habría marchado de Priego y estaría ahora escribiendo estas mismas líneas, pero sin necesitar un lector de pantalla. No tengo ni puñetera idea.
Y lo más importante es que tampoco sé cuál de esos dos hombres habría sido más feliz. Porque tendemos a imaginar las vidas que no vivimos quedándonos únicamente con lo que habríamos ganado, sin pensar en todo lo que quizá habríamos perdido por el camino.
A lo mejor aquel David que veía habría tenido una vida estupenda. O quizá estaría amargado por cualquier otra circunstancia. Puede que hubiera conocido a otras personas, tomado otras decisiones y encontrado una felicidad diferente. O puede que no. Nunca lo sabré.
Lo que sí sé es que no cambiaría a las personas que quiero, las experiencias que he vivido ni buena parte de los errores que he cometido, porque hasta esos me han traído hasta aquí.
No voy a dar las gracias por ser ciego. Hay demasiados obstáculos que preferiría no haber tenido que superar. Pero tampoco voy a lamentarme eternamente por una vida que nunca llegué a tener.
La mía ha sido esta. Y sigue siendo esta.
Así que pienso continuar dando la lata, escribiendo lo que me apetezca, opinando aunque a algunos les siente como una patada en los huevos y avanzando, incluso cuando no tenga demasiado claro hacia dónde voy.
Seguiré tropezando con obstáculos, algunos de cemento y otros con nombre y apellidos. Seguiré perdiéndome de vez en cuando, buscando caminos nuevos y disfrutando de los que ya conozco. No sé si soy el hombre que mis padres imaginaron cuando esperaban mi llegada. Seguramente no. Tampoco sé si soy el hombre que habría querido ser aquel niño de Priego. Pero soy el que ha llegado hasta aquí y si hoy tuviera que hacer balance de estos cuarenta y cinco años, con todo lo bueno y todo lo malo, con las alegrías y los disgustos, con lo que he conseguido y con lo que se ha quedado por el camino, solo se me ocurre una cosa que decirle al mundo:
A mí, que me quiten lo bailao.