OPINIÓN | Ahora que no nos ve nadie
La Champions tecnológica y el árbitro europeo
Mientras Estados Unidos y China compiten por dominar la inteligencia artificial y los semiconductores, Europa parece más preocupada por escribir el reglamento
Lunes 5 de octubre de 2026 - 20:00
Últimamente tengo una relación complicada con la Unión Europea. Es parecida a la que tengo con ese vecino que te explica cómo tienes que aparcar mientras lleva veinte minutos intentando meter su coche en una plaza de seis metros.
Uno mira hacia Estados Unidos y ve empresas desarrollando inteligencia artificial, procesadores, asistentes personales y servicios que hace cinco años parecían ciencia ficción. Mira hacia China y ve otro monstruo tecnológico avanzando a una velocidad considerable. Y luego mira hacia Europa, que a esta hora está comprobando que el tapón de la botella no se separe de ella si echas un trago de agua.
Que alguien tenía que hacerlo, no hay duda, no vaya a ser que Estados Unidos domine la inteligencia artificial, China fabrique media tecnología mundial y nosotros perdamos el liderazgo internacional en tapones de Lanjarón.
El problema no es regular. La privacidad importa. La competencia importa. Que cuatro multinacionales no hagan absolutamente lo que les salga de los circuitos integrados también importa. El problema aparece cuando Europa pretende redactar el manual de instrucciones del futuro mientras otros están construyendo el futuro.
Apple ha retrasado en la Unión Europea determinadas funciones que sí ofrece en otros mercados y atribuye parte del problema al Reglamento de Mercados Digitales. La Comisión responde que la norma no impide lanzarlas, sino que exige que determinadas capacidades estén también disponibles para servicios de terceros.
Mientras deciden quién tiene razón, el europeo mira su teléfono de 1.300 euros y descubre que el mismo aparato al otro lado del Atlántico puede hacer cosas que el suyo todavía no.
Cojonudo todo. Eso sí: el tapón sigue unido a la botella.
Accesibilidad que llega tarde
Y aquí entra algo especialmente importante para quienes usamos tecnología accesible.
Para una persona ciega, un asistente inteligente profundamente integrado en el teléfono no es solamente un juguete para preguntarle quién ganó Eurovisión en 1987. Puede ser autonomía. Puede interpretar información, interactuar con aplicaciones, localizar contenidos, resumir documentos, describir elementos y, conforme avance la tecnología, realizar tareas que hoy requieren navegar por quince pantallas con un lector de pantalla.
Por eso, cuando determinadas funciones llegan más tarde a Europa, para algunos usuarios no significa esperar seis meses al último juguetito. Puede significar esperar seis meses a una herramienta que facilite nuestra vida cotidiana.
Y eso toca bastante las narices, sobre todo porque Europa tiene un problema tecnológico que ya reconoce la propia Europa.
Mario Draghi señaló en 2024 una enorme brecha de innovación con Estados Unidos y China: las empresas europeas habían invertido alrededor de 270.000 millones de dólares menos en I+D que las estadounidenses en 2021.
No lo digo yo después de tres vinos en una comida familiar. Lo dijo Draghi en el Parlamento Europeo.
La Champions sin equipo
Europa tiene universidades, científicos, ingenieros, capital y consumidores. Lo que no tenemos es un Google europeo, ni un Apple, ni un Microsoft, ni un Nvidia, ni un Amazon.
Mientras Estados Unidos crea gigantes tecnológicos y China intenta alcanzarlos, nosotros tenemos comisiones estudiando cómo deben comportarse esos gigantes cuando vienen aquí.
Es como no tener ningún equipo en Primera División pero redactar un reglamento estupendo sobre cómo debe celebrarse la Champions.
Luego está la energía. Europa no ha prohibido la nuclear: varios países siguen utilizándola intensamente. Pero llevamos años discutiendo qué hacemos con ella mientras queremos electrificar coches, industrias, calefacción, centros de datos y una inteligencia artificial que consume electricidad como si mañana fueran a prohibirla.
Queremos digitalización, centros de datos, industria, inteligencia artificial, independencia energética y electricidad barata; pero cada infraestructura nueva necesita tal cantidad de permisos, estudios, recursos y discusiones que cuando terminamos de autorizarla probablemente China ya haya construido tres.
Normas y resultados
Y ahí está mi verdadera preocupación.
No quiero una Europa sin normas, quiero una Europa que se pregunte alguna vez si una norma, además de tener buenas intenciones, produce buenos resultados.
Regular tiene un coste, proteger tiene un coste; retrasar también. Y perder competitividad tiene uno enorme.
Europa conserva cosas extraordinariamente valiosas: seguridad jurídica, protección social, derechos de los consumidores, libertades, un enorme mercado común y una calidad de vida que muchos lugares quisieran. Precisamente por eso preocupa verla perder terreno.
Porque quizá dentro de veinte años podamos presumir de tener las mejores normas del planeta. El problema será que las inteligencias artificiales serán estadounidenses o chinas, los chips serán estadounidenses o asiáticos, las grandes plataformas serán extranjeras y nosotros tendremos un documento de 847 páginas explicando exactamente cómo deberían funcionar todas ellas.
Eso sí. Abriremos una botella de agua mientras lo leemos..., y el tapón seguirá ahí, bien sujeto; no vaya a ser que se nos escape el progreso.