Una reflexión sobre la infertilidad, la pérdida, las expectativas y la difícil tarea de aceptar que algunas cosas no dependen de nosotros
David Gámiz
Viernes 16 de octubre de 2026 - 20:00

Creo que el mundo moderno tiene un pequeño problema con la palabra «no». Nos hemos acostumbrado a vivir en una especie de barra libre de soluciones inmediatas. Queremos comprar algo y nos indignamos si tarda más de veinticuatro horas en llegar. Pedimos comida a domicilio y, a los diez minutos, ya estamos mirando dónde coño anda el repartidor, como si el pobre hombre hubiera salido personalmente a cazar el pollo que hemos pedido.

Hasta hemos perdido la paciencia para aburrirnos: estamos viendo una serie y, si en los primeros diez minutos no hemos visto un asesinato, tres infidelidades y una persecución por las calles de Nueva York, cambiamos a otra. Tenemos miles de películas disponibles, pero nos pasamos media hora buscando una y terminamos acostándonos sin ver ninguna.

Es el efecto streaming aplicado a la vida actual: lo quiero. Lo busco. Lo tengo; y si no lo tengo, busco otra aplicación.

El problema es que la vida no funciona así. No tiene un catálogo infinito de posibilidades, ni un servicio de atención al cliente al que podamos llamar para exigir explicaciones y eso nos cuesta aceptarlo.

Vivimos rodeados de mensajes que nos aseguran que podemos conseguir cualquier cosa si nos esforzamos lo suficiente. Que los límites están en nuestra cabeza. Que basta con creer en nosotros mismos, perseguir nuestros sueños y no rendirnos jamás. Todo precioso.

Yo, por ejemplo, puedo levantarme mañana convencido de que mi ceguera no me pone ningún límite. Puedo repetirlo delante del espejo, apuntarme a un curso de aviación y comprarme una gorra de piloto. Ahora levanten la mano los que se subirían a un avión pilotado por mí. ¡No se amontonen!

Fuera de bromas, hay límites que aceptamos fácilmente porque son evidentes. El problema empieza con aquellos otros que no vemos venir. Esos ante los que hacemos todo lo que supuestamente había que hacer y, aun así, la vida contesta que no; y hay negativas que duelen muchísimo.

Porque una cosa es frustrarse cuando un paquete no llega a tiempo, cuando perdemos una oportunidad de trabajo o cuando se nos estropean unas vacaciones. Y otra muy distinta es desear algo con todas nuestras fuerzas, algo que dábamos por hecho que formaría parte de nuestra vida, y descubrir que quizá nunca suceda.

Imaginen a una pareja joven que se conocen, se enamoran, y tras unos años de noviazgo, se casan. Alquilan o compran una casa, discuten por dónde colocar el sofá, aprenden que convivir consiste también en descubrir que el amor de tu vida jamás va a poner el rollo de papel higiénico como tú consideras que debe ponerse y empiezan a construir juntos esa cosa tan sencilla y tan complicada que llamamos convivencia.

Pasan dos o tres años y llega la pregunta inevitable de buena parte de su entorno:

—¿Y vosotros para cuándo el niño?

La primera vez sonríen e incluso les parece lo normal.

—Ya llegará.

La segunda también. A la octava empieza a tocar los cojones, porque lo que nadie sabe es que llevan meses intentándolo.

Al principio no hay preocupación. Ya vendrá. Son jóvenes, tienen tiempo y tampoco hay motivos para pensar que algo vaya mal. Cada mes que pasa se dicen que quizá la noticia llegará el mes siguiente. Y durante un tiempo consiguen mantener esa ilusión. Hasta que la espera empieza a pesar.

Entonces alguien de su círculo cercano les dice que lo están intentando demasiado, que estas cosas suceden precisamente cuando uno deja de buscarlas, una teoría fascinante que convierte a la reproducción humana en algo parecido a encontrar aparcamiento.

Después aparecen los consejos: una tía conoce una postura infalible. Una abuela recomienda no sé qué alimento. Una amiga asegura que una prima suya se quedó embarazada justo después de irse de vacaciones. Alguien propone una infusión que, por sus ingredientes, parece capaz de dejar embarazada hasta a la tetera, incluso aparece algún santo, porque cuando la ciencia todavía no ha dado una respuesta, en España tenemos una capacidad extraordinaria para ampliar rápidamente el equipo médico: ginecólogo, especialista en fertilidad y San Judas Tadeo.

Pero pasan los meses y el niño no viene. Entonces ya no hace tanta gracia.

Van al médico. Empiezan las pruebas y las visitas a especialistas, hasta que las consultas se convierten en una parte más de sus vidas. Aprenden a interpretar resultados de análisis que antes les habrían parecido escritos en chino y se acostumbran a esperar llamadas del hospital con una mezcla de esperanza y miedo. Incluso las conversaciones durante la cena terminan girando alrededor de lo que les ha dicho el médico.

Y, para colmo, aparentemente no hay nada grave. Eso debería tranquilizarlos, pero no lo hace, porque cuando existe un problema al menos puedes señalarlo con el dedo. Cuando los médicos te dicen que todo parece estar bien pero aquello que deseas sigue sin ocurrir, la pregunta se vuelve todavía más desesperante.

¿Por qué?

Empiezan los tratamientos. Ella se lleva casi todo el desgaste físico. Al principio intenta tomárselo con naturalidad, pero pronto descubre que su vida empieza a organizarse alrededor de las citas médicas. Tiene que administrarse hormonas, aprender a ponerse inyecciones y acudir a controles frecuentes para comprobar cómo responde su organismo. Cada visita al especialista puede traer nuevas instrucciones y, sobre todo, una nueva dosis de incertidumbre.

Hay días en los que se encuentra hinchada, cansada o especialmente sensible. Otros en los que está triste, irritable o sencillamente harta de que todo gire alrededor de lo mismo. No siempre son las hormonas. A veces es el agotamiento de llevar tanto tiempo esperando.

Él intenta acompañarla, pero tampoco sabe muy bien cómo hacerlo. También tiene miedo. También se siente impotente. A veces pregunta demasiado. Otras veces no pregunta nada y también se equivoca.

Hay noches en las que ella necesita hablar y él no encuentra las palabras. Y otras en las que él intenta mostrarse optimista, convencido de que está ayudando, sin darse cuenta de que ella no necesita que le prometan que todo saldrá bien. Necesita que alguien comprenda que está cansada.

Hasta hacer el amor cambia. Lo que antes nacía de una mirada, de una caricia o de una noche cualquiera empieza a tener días señalados en un calendario:

—Cariño, hoy toca.

Y pocas frases hay menos eróticas que esa.

La pareja que quería tener un hijo descubre poco a poco que el intento de tenerlo puede empezar a ocupar todo el espacio que antes ocupaba la pareja.

Mientras tanto, alrededor, el mundo sigue opinando.

—Tenéis que relajaros.

—En cuanto dejéis de pensar en ello, vendrá.

—Fulanita hizo tal tratamiento.

—¿Habéis probado en ir a otra clínica?

—Pues yo conozco a una mujer que después de ocho años…

Todo el mundo conoce a alguien. Ellos sonríen, dan las gracias y vuelven a casa.

En alguna reunión familiar vuelven a preguntarles cuándo van a tener hijos. Ya no saben qué contestar. No quieren dar explicaciones, ni contar sus tratamientos, ni convertir su intimidad en un asunto sometido a debate durante los postres.

A veces empiezan a evitar determinadas reuniones. No porque hayan dejado de querer a su familia, sino porque están cansados de regresar a casa con una herida que alguien, sin mala intención, acaba de abrirles otra vez.

Y siguen intentándolo: un tratamiento no funciona y deciden probar otro. Cada nuevo intento trae consigo una esperanza que procuran mantener a raya, porque ya han aprendido que ilusionarse demasiado puede resultar peligroso. Se prometen no crearse expectativas, pero cuando se acerca el momento de conocer el resultado vuelven a imaginar, aunque sea durante unos segundos, que esta vez podría ser diferente.

Hasta que un día ocurre. El test de embarazo muestra dos rayas.

Al principio apenas se atreven a creérselo. Ella vuelve a mirar la prueba. Él le pregunta si está segura, como si aquellas dos rayas pudieran cambiar de opinión.

Se abrazan, se ríen, lloran, se besan con la misma ilusión que el día que se casaron. Piensan que la vida les debía esa alegría. Después de tanto tiempo, por fin pueden imaginar un futuro que durante meses parecía empeñado en escapar de sus manos.

Empiezan a calcular fechas. Hablan de nombres. Se preguntan a quién se parecerá. Todavía no compran nada, por prudencia, pero en algún lugar de sus cabezas ya existe una habitación, una cuna y una vida que están deseando conocer.

Se lo cuentan a la familia. Llegan las felicitaciones, los abrazos, las lágrimas de los abuelos, las llamadas de teléfono. Todo el mundo celebra que, después de tanto sufrimiento, por fin haya llegado aquello que tanto deseaban.

Durante unas semanas vuelven a ser felices de una manera que casi habían olvidado. Hasta que una tarde ella empieza a sangrar.

Al principio intentan convencerse de que no tiene por qué ser nada grave. Han leído que a veces ocurre y que muchos embarazos siguen adelante sin problemas. Pero el miedo es demasiado grande y deciden acudir al hospital.

Mientras esperan a que los atiendan, él intenta tranquilizarla, aunque lleva un buen rato mirando la puerta de la consulta y deseando que alguien los llame. Ella apenas dice nada. Cuando por fin les hacen la ecografía, ambos buscan en la expresión del médico alguna señal de que todo está bien. Pero notan que tarda en hablar. Cuando lo hace, les explica que el embarazo no ha seguido adelante.

Un aborto espontáneo acaba con aquella ilusión que apenas estaban empezando a disfrutar.

Vuelven a casa. Esta vez no hay consejos que valgan, ni infusiones milagrosas, ni santos a los que hacer promesas. Tampoco hay mucho que decir.

Durante los días siguientes reciben mensajes de cariño. Algunos encuentran las palabras adecuadas. Otros, intentando consolarlos, les recuerdan que son jóvenes, que podrán volver a intentarlo o que al menos ahora tienen la certeza de que ella puede quedarse embarazada.

Pero ellos no necesitan que nadie les explique las posibilidades estadísticas de un próximo embarazo, están llorando este, el que ya habían imaginado. El que habían empezado a querer, el que nunca llegará a nacer.

Y aunque los dos han perdido la misma ilusión, no siempre viven el dolor de la misma manera. A veces uno necesita hablar y el otro guardar silencio. Uno quiere volver a intentarlo cuanto antes y el otro no soporta siquiera pensar en otro tratamiento. Tienen que aprender a respetar también esas diferencias. Porque el dolor compartido no siempre se expresa de la misma forma.

Pasa el tiempo sin que llegue el embarazo. Son conscientes de que existen otras posibilidades. Está la adopción, que puede ser una hermosa manera de formar una familia, aunque tampoco sea un camino sencillo ni una solución automática. Existen otros tratamientos, otras decisiones, otras formas de construir una vida. Pero también tienen derecho a llorar aquello que deseaban y no tuvieron.

Algunos meses después, viven un momento realmente cruel. Están sentados en una terraza. En la mesa de al lado hay un matrimonio con dos niños. Uno intenta enseñarle algo a su padre.

—Papá, mira lo que hago.

El padre está con el móvil.

—Sí, ahora voy.

—Papá, juega conmigo.

—Un momento.

La madre también está mirando su pantalla. Los dos niños están allí, reclamando un poco de atención de quienes apenas levantan la cabeza. Nuestra pareja no dice nada, ni falta que hace. No conocen a esos padres. No saben cómo son sus vidas ni cuánto quieren a sus hijos. Pero resulta inevitable que, por un instante, les duela contemplar aquella escena.

Ellos habrían dado cualquier cosa por escuchar a un niño llamarlos papá y mamá y allí hay dos padres que lo oyen y siguen haciendo scroll.

A veces la vida tiene un sentido del humor verdaderamente hijo de puta. Conozco pocas frustraciones mayores que desear algo con todas tus fuerzas, hacer cuanto está en tu mano para conseguirlo y descubrir que quizá nunca ocurra.

Nos han vendido demasiado bien aquello de que si quieres, puedes. No siempre es así: puedes querer, puedes intentarlo, puedes dejarte la piel y aun así, no conseguirlo.

Eso no significa que debamos rendirnos ante la primera dificultad, ni abandonar nuestros sueños cuando aparecen los obstáculos. El esfuerzo sigue siendo imprescindible para conseguir muchas cosas. Pero una cosa es que esforzarnos aumente nuestras posibilidades y otra muy distinta que nos garantice el resultado.

Y esa diferencia deberíamos aprenderla desde pequeños, porque quizá estamos educando a generaciones enteras para creer que cualquier deseo tiene que satisfacerse inmediatamente, que todo problema tiene una solución y que basta con insistir lo suficiente para que el mundo termine concediéndonos lo que pedimos.

Pero el mundo no siempre concede. Habrá cosas que lleguen después de mucho esfuerzo. Otras que aparezcan cuando menos las esperamos. Algunas que dependerán de circunstancias que no podemos controlar. Y otras que, sencillamente, no llegarán nunca.

No es una lección agradable, pero probablemente sea una de las más importantes que podemos aprender, porque aceptar que algo no ha podido ser no significa que no nos importe, ni que hayamos dejado de desearlo, ni siquiera que hayamos conseguido superar completamente su ausencia, significa comprender que nuestra vida no puede quedar detenida para siempre esperando algo que quizá nunca suceda.

Han pasado los años. Aquella pareja continúa casada. Los niños no vinieron. Durante mucho tiempo les dolió decirlo. Después aprendieron a pronunciarlo sin bajar la mirada. Siguen teniendo días malos. Alguna vez, cuando ven correr a un crío por un parque, uno de los dos piensa durante unos segundos en la vida que pudo haber sido. No hace falta que diga nada, el otro lo sabe.

Pero también han aprendido a disfrutar de la vida que sí tienen: siguen viajando, siguen discutiendo por tonterías, se ríen de las mismas estupideces que cuando se conocieron. Hacen planes con sus amigos, se cuidan cuando uno enferma y todavía hay noches en las que se abrazan sin calendarios, sin tratamientos y sin que nadie les haya dicho que hoy toca.

No han olvidado lo que perdieron, probablemente nunca lo hagan. Pero han dejado de medir toda su felicidad por aquello que les faltó. La vida no les dio lo que más deseaban y tardaron mucho en comprender que eso no significaba que no les hubiera dado nada.

Al final, después de tantas pruebas, tantos médicos, tantas preguntas y tantas lágrimas, descubrieron que durante todo aquel tiempo habían estado buscando desesperadamente formar una familia y resulta que, ya la tenían, aunque solo fueran dos.

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