Maestro jubilado, prieguense de secano y observador profesional desde la esquinilla del Azahara
Manolo "Paredejas"
Sábado 29 de agosto de 2026 - 17:00

Me llamo Manuel «Paredejas», aunque en Priego soy Manolo, porque aquí el nombre completo solo se utiliza cuando debes dinero, te llama el médico o tu madre estaba enfadada.

Nací en un cortijo entre El Castellar y Las Paredejas. Tan en medio estaba aquello que, dependiendo de quién preguntara, decíamos que éramos de un sitio o del otro. Allí aprendí las cosas importantes de la vida: que las gallinas se levantan antes que las personas, que el campo nunca tiene días libres y que una garrafa de aceite pesa más cuando la lleva un niño.

Mi familia vivía del campo y, como era costumbre, cuando llegaba la campaña de la aceituna allí participaba todo el mundo. Grandes, pequeños y cualquiera que tuviera dos manos y pudiera sujetar un saco.

A mí aquello de coger aceitunas no terminaba de convencerme.

No por falta de amor al campo. Yo al campo lo quería muchísimo, especialmente contemplado desde una distancia prudente y con una silla cerca.

El frío se metía por las botas, las manos se quedaban tiesas y siempre había una aceituna que caía fuera del fardo. Además, cada vez que uno preguntaba cuánto faltaba, la respuesta era:

—Hasta que terminemos.

Aquello podía significar veinte minutos o tres generaciones.

Estudié por miedo a la aceituna helada
Por eso decidí estudiar. No por vocación, cultura ni afán de superación. Yo estudié porque vi una cuadrilla vareando aceitunas una mañana de enero y comprendí inmediatamente el valor de los libros.

Mi padre me decía:

—Estudia, que el campo es muy duro.

Y yo estudiaba con una aplicación extraordinaria. Cada vez que me distraía, miraba por la ventana, veía la escarcha y memorizaba dos temas más.

Acabé estudiando Magisterio. Me hice maestro porque siempre me gustó explicar las cosas y, sobre todo, porque el colegio tenía calefacción. Luego descubrí que enseñar era una de las profesiones más bonitas del mundo, aunque había niños que conseguían que uno echara de menos la tranquilidad de un olivar.

Volver siempre: feria, Semana Santa y Navidad
Me marché de Priego siendo pequeño y pasé muchos años fuera, pero nunca perdí el contacto con el pueblo. Porque un prieguense puede vivir lejos, pero siempre tiene aquí una feria a la que volver, una Semana Santa que sentir, una Navidad que compartir y alguien que le informa de quién se ha casado, quién ha vendido una casa y quién ha engordado.

A la Feria de Priego venía siempre que podía. Llegaba con ganas de verlo todo, saludar a todos y aguantar hasta el amanecer. Eso era cuando era joven. Ahora necesito una siesta previa, dos cafés y un estudio meteorológico antes de salir.

En feria me ocurre algo muy prieguense: tardo veinte minutos en recorrer cien metros. Uno te saluda, otro te pregunta por la familia y un tercero te dice:

—A ver si nos vemos con tranquilidad.

Llevamos diciendo eso desde 1987.

La Navidad también era sagrada. Volver al pueblo, entrar en una casa y encontrarte una mesa con mantecados suficientes para alimentar a un colegio entero. Visitabas a la familia y en cada sitio te obligaban a comer algo:

—Prueba uno, que estos son distintos.

Eran iguales. Todos llevaban almendra, azúcar y la capacidad de pegarse al cielo de la boca hasta febrero.

Yo regresaba a mi vida con varios kilos de más y una caja de dulces que mi madre preparaba «para el camino». El camino duraba unas horas, pero la caja estaba calculada para cruzar Europa en diligencia.

Desde la esquinilla del Azahara
Con los años, la salud decidió jubilarme antes de lo previsto. Yo acepté la decisión porque discutir con el cuerpo es complicado: siempre tiene la última palabra. Desde entonces dispongo de tiempo para leer, observar, pensar y llevarle la contraria al mundo con educación.

Ahora me siento en la esquinilla del Azahara. Allí hay periódicos y yo los leo todos. Por eso sé de casi todo, aunque no siempre sepa para qué sirve.

Desde ese rincón veo pasar la vida de Priego: el que lleva prisa, el que se para a hablar, el que asegura que este año no va a la feria y el que dice que empieza la dieta el lunes sin especificar de qué año.

Y de eso tratará esta esquinilla. De las cosas pequeñas, de nuestras costumbres, de lo moderno comparado con lo de antes y de esas situaciones cotidianas que merecen una sonrisa. Una sonrisa que hoy en día se echa mucho en falta, entre tanta disputa, tantas diferencias y enfrentamientos, tanta tragedia y tanta tontería, si al final todos somos iguales con una caña en la mano, y más si Nino te la acompaña de una tapa. ¡Y qué tapas, oiga!

No esperen grandes discursos. Para eso hay gente más preparada y con menos tiempo libre.

Yo solo soy Manolo «Paredejas»: maestro jubilado, criado entre olivos, prieguense aunque viviera fuera y estudioso por miedo a la aceituna helada.

Ahora sé de todo un poco y tengo tiempo para discutirlo, porque estoy jubilado.

Sin levantar la voz, que eso cansa. ¡Jesús, si te queda carne en salsa, ponme otra caña y llénale a Paco!

Manuel «Paredejas». Maestro jubilado y prieguense de secano.

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