OPINIÓN | La esquinilla del Azahara
Yo, a la edad que tenían mis padres en feria
De la feria de ganado de 1842 al Parque Niceto Alcalá-Zamora: memoria, casetas y las frases que juramos no decir nunca
Sábado 5 de septiembre de 2026 - 08:00
Yo, a la edad que tenían mis padres cuando iban a la Feria de Priego, necesito dos cafés, una siesta preventiva y mirar el tiempo tres veces antes de salir. Tenía esta mirada atrás guardada y no quería dejarla pasar, porque de feria tengo una trilogía y la última llega el día 6, palabrita.
Mis padres, con mi edad, se iban a la feria como quien iba a tomar posesión de un reino. Zapatos limpios, camisa planchada, el dinero justo, y una capacidad sobrehumana para estar de pie cinco horas saludando a gente.
De feria de ganado a los bajos de las obras
Antes la feria era otra cosa. Venía de lejos. De muy lejos. De cuando aquello empezó siendo feria de ganado, allá por 1842, y Priego se llenaba de tratantes, comerciantes, puestos, ruido, conversación y vida. Luego llegaron los circos, los puestos, las atracciones, la música, los trajes, las casetas y esa forma tan nuestra de decir «vamos un rato», sabiendo perfectamente que «un rato» podía terminar a las tres de la mañana.
Y claro, yo de mis años mozos recuerdo aquellas casetas en los bajos de las obras, de las que salía con los zapatos «embarraos» porque el Royal Crown, el primo pobre de la Coca-Cola, también se derramaba. Farolillos, lo que se dice farolillos, no recuerdo, pero sí aquellas hileras de banderas del mundo y alguna de marcas de vino, entre acordes de Triana, y claro: «¡Niño, gasta cuidiao, que se me llena el disco de polvo!».
Y luego estaba la Caseta del Paseíllo, con sus abonos y sus orquestas. ¿Quién no recuerda a la Banda Sureña o a Juanita Rivero y Terra? Eso sí, aquello era de postín: se sacaba el traje y el tufillo a naftalina era señal de que te lo ponías de año en año, y si acaso para alguna boda. Y luego estábamos los que, como Chuck Norris, atravesábamos el campo minado entre alambres y telas metálicas, que parecían electrificadas, para colarnos. Alguna vez lo hicimos. ¿Quién no?
Se encontraban sin WhatsApp
Mis padres iban a la feria sin Google Maps, sin WhatsApp y sin grupo de «¿dónde estáis?». Se encontraban. No sé cómo, pero se encontraban. Tú hoy quedas con alguien en la portada, le mandas ubicación en tiempo real, foto del sitio, coordenadas, y aun así te responde: «No te veo».
Antes, si te perdías, te buscaban en la caseta, en los cacharritos o en el puesto de turrón. Ahora, si te pierdes, lo primero que haces es mirar si tienes batería. Porque la feria moderna tiene tres grandes dramas: que no haya aparcamiento, que no coja cobertura y que alguien diga «vamos a montarnos en eso», señalando una atracción que claramente no está pensada para mayores de treinta.
Desde 1993, la Feria Real tiene su recinto en el Parque Niceto Alcalá-Zamora. Y eso también cambió la manera de vivirla. La feria se ordenó, se concentró, se hizo más cómoda, más reconocible. Pero hay algo que no ha cambiado: ese momento en el que entras y sabes que Priego entero está allí o va a pasar por allí.
Olores, carteleras y matasuegras
De la feria del centro, además de las casetas, me acuerdo de las carteleras del cine en los balcones del que se llamaba bar Plata. Las últimas peripecias de Bud Spencer y Terence Hill; la última de Manolo Escobar, mientras sonaba enfrente «El coche de papá».
Y luego hay imágenes que se te quedan en la retina. Imágenes y olores. Porque cómo olían las máquinas de asar pollos en el Palenque, los pedazos de coco (había cosas que se comían de feria en feria). Y personajes como aquel señor que vendía de todo en su quiosco y siempre que pasabas te daba con una especie de rollo de papel sobre un palito, estilo matasuegras, pero activado manualmente.
Y es que en una feria siempre está el que va arreglado como si fuera a una boda. El que dice que no va a salir y aparece todas las noches. El que solo va «a dar una vuelta» y acaba cantando en una caseta, aunque sea en bermudas y chanclas. El niño que quiere montarse en todo. La madre que calcula el presupuesto de las atracciones como si fuera ministra de Economía. Y el padre que dice «una más y nos vamos», frase que en feria nunca ha significado nada.
Anclados en los noventa
La feria de antes tenía menos pantallas y más espera. Menos fotos y más memoria. Menos historias de Instagram y más historias que luego se contaban todo el año. Pero la de ahora también tiene lo suyo. Tiene música, tiene casetas, tiene gente joven, tiene mayores que siguen marcando el paso, tiene flamenco, tiene fuegos, tiene trovos, tiene feria de ganado y tiene esa mezcla rara entre tradición y presente que solo entienden los pueblos que saben celebrar sin olvidarse de dónde vienen.
Porque al final la Feria de Priego no es solo una programación. No es solo una fecha del calendario. Es una medida del tiempo. Aunque en tema de conciertos de feria parece que seguimos anclados en los noventa. En los últimos años he visto desfilar por la Caseta Municipal a Los Cómplices —oiga, que ahí toca Teo Cardalda, uno de los fundadores de Golpes Bajos: jubilado, pero de música sí que entiende—, a Tennessee, y este año a Los Chanclas y Los Mojinos. Como si el escenario del Teatro María Cristina, ese que a los más jóvenes les sonará a chino, siguiese en pie y de la Fuente del Rey pasase al recinto.
Las frases que juraste no decir
Pero volviendo a la feria: tú sabes que el verano se acaba cuando empieza a oler a feria. Cuando alguien pregunta por el traje. Cuando se habla de los conciertos. Cuando los niños empiezan con los cacharritos. Cuando los mayores recuerdan cómo era antes. Y cuando tú, que ya tienes la edad que tenían tus padres, te sorprendes diciendo exactamente las mismas frases que juraste no decir nunca:
«Yo a tu edad aguantaba más».
«Vámonos antes de que se líe».
«Qué barbaridad lo que cuesta todo».
Y la más peligrosa de todas:
«Este año salgo poco».
Mentira. Sales. Aunque sea un rato. Porque la feria tira. Tira de los recuerdos, de la calle, de la música, de la infancia y de esa parte de nosotros que todavía se alegra cuando ve las luces encendidas.
Y entonces lo entiendes: tus padres no eran mayores en feria. Eran jóvenes con responsabilidades.
Igual que tú ahora.
Bueno… igual, igual, no. Ellos aguantaban más.
Manuel Paredejas. Maestro jubilado y prieguense de secano.