OPINIÓN | La esquinilla del Azahara
Yo que no quería campo, casi me compro un tractor
Manolo visita Agropriego por primera vez y sale con dos juegos de sábanas, una navajilla y una jartá de embutido
Lunes 21 de septiembre de 2026 - 09:15
Yo no había ido nunca a Agropriego. Nunca había coincidido en mis visitas estivales a Priego, porque en esas fechas uno ya estaba en plena efervescencia lectiva en su destino, eso sí con las pilas cargadas y la despensa llena.
Y eso que soy de Priego, de un cortijo entre El Castellar y Las Paredejas, criado entre olivos, mulos, aperos y conversaciones que empezaban hablando del tiempo y terminaban calculando cuántos kilos había dado una finca.
Pero a mí el campo no me ha gustado nunca demasiado.
No por nada personal. El campo es muy bonito, especialmente cuando lo ves desde una sombra, con una cerveza delante y sin que nadie te diga:
—Anda, arrímate allí que hay que echar una mano.
Yo estudié Magisterio precisamente para no coger aceitunas. Esa es la verdad completa. Hay gente que estudia por vocación. Yo estudié por estrategia.
Sin embargo, este año me dio por ir a Agropriego. Como estoy jubilado, tengo tiempo para todo. Para leer periódicos, para discutir de lo que sé y de lo que no sé, y hasta para meterme en una feria agrícola sin que nadie me obligue.
Y allí llegué yo, con mi camisa de jubilado formal y la intención de dar una vuelta.
Una vuelta, decía.
Agropriego tiene más de cien expositores y aquello es más grande que algunas aldeas donde he pasado yo la infancia, e incluso más que muchos pueblos donde ejercí mis primeros años de docencia. Hay tractores, herramientas, sistemas de riego, fertilizantes, maquinaria, energías renovables, tecnología y tantas cosas que uno entra pensando que va a ver cuatro aperos y sale creyendo que puede dirigir una explotación agraria internacional.
Yo vi una máquina que recogía, limpiaba, clasificaba y seguramente te hacía también la declaración de la renta.
Y entonces me dio un volunto.
Un volunto pasajero, pero intenso.
Pensé:
—Manolo, tú podrías comprarte una finca.
No sé para qué, porque yo no quería campo. Pero allí estaba todo tan mecanizado que ya no había que doblar el lomo. Antes para trabajar una finca había que agacharse, sudar y terminar con la espalda como un acordeón. Ahora hay máquinas que hacen de todo. Uno se sienta, le da a un botón y el campo empieza a funcionar como si tuviera personal contratado.
Aquello me animó muchísimo.
Llegué incluso a plantearme comprarme un tractor.
Yo, que no soy de bullas ni de correr. Yo, que para cruzar una calle miro primero si viene alguien. Yo, que aparco con una tranquilidad que desespera a los que vienen detrás.
Pero me imaginé con un tractor nuevo, grande, reluciente, con cabina, aire acondicionado y asiento acolchado. Lo aparcaba en la puerta del Azahara y me quedaba tan tranquilo.
—¿Y ese tractor?
—Mío.
—¿Y la finca?
—Todavía no la tengo, pero estoy en ello.
El problema iba a ser meterlo en el aparcamiento. Porque una cosa es comprar un tractor y otra encontrarle sitio en Priego. En la puerta del Azahara, ahora con la nueva terraza como mucho, cabe una bicicleta con humildad.
Después de mirar tractores y maquinaria, pasé a la parte doméstica, que es donde uno demuestra realmente su capacidad de compra.
Me compré dos juegos de sábanas a veinte euros.
No sé si eran para una cama o para envolver el tractor, pero a ese precio no podía dejarlas allí. Yo vi veinte euros y pensé:
—Esto hay que llevárselo, que luego vienen los disgustos.
También compré una navajilla.
Esa sí tenía una finalidad concreta: ir a coger espárragos.
Tengo un sitio secreto donde salen muchos. No voy a decir dónde porque entonces deja de ser secreto y aparecen allí hasta los que no distinguen un espárrago de una antena.
Y si alguien me pregunta, yo no sé nada. Yo soy jubilado, no informador forestal.
La navajilla también me sirve para las setas, que este año pienso buscar con mucho conocimiento. Bueno, con conocimiento y con alguien que sepa de verdad, porque una seta mal elegida te puede convertir una excursión en una reunión familiar en urgencias, y a mí las reuniones familiares me gustan, pero en condiciones normales.
Después llegué a la zona de Agroalimentaria.
Y ahí descubrí la verdadera riqueza del campo.
Salchichón.
Lomito.
Quesos.
Jamón.
Pan.
Aceite.
Y más salchichón.
Aquello era una exposición de productos, pero también una prueba de resistencia humana. La gente se acercaba a los puestos con una expresión que parecía indicar que llevaba tres meses sin ver un embutido.
—Prueba este salchichón.
—Ya he probado tres.
—Pero este es distinto.
Era igual, pero yo no iba a discutir. Estoy jubilado, no soy enemigo de la felicidad.
Me pegué una jartá de comer que salí de allí con la barriga haciendo labores agrícolas por su cuenta. El "puñao" de gominolas no hizo buenas migas con las viandas del cerdo. En la zona agroalimentaria había personas que miraban un plato de queso como si acabaran de descubrirlo después de una travesía por el desierto.
Ansia viva.
Yo también participé, para qué voy a mentir. Un maestro jubilado puede tener principios, pero no tantos como para rechazar un buen lomito.
Y luego llegaron las cañas.
Me tomé cinco en varios stands de expositores. Cinco.
No fui a beber. Fui a conocer el tejido empresarial de la comarca.
Cada caña tenía un interés profesional distinto. Una por la maquinaria. Otra por los aperos. Otra por la innovación. Otra por el sector agroalimentario. Y la quinta, sinceramente, porque ya me había hecho amigo de la barra.
Al final me fui para casa comido, bebido y preparado para echarme una siesta de esas que empiezan después de comer y terminan cuando ya han cambiado las noticias de la tarde.
Por eso no he ido al Azahara.
No podía. Tenía el cuerpo ocupado haciendo la digestión y la cabeza calculando si me compro una finca.
De momento, la finca queda aplazada.
El tractor también.
Pero las sábanas y la navajilla ya están en casa.
Y el salchichón, por seguridad, tampoco ha sobrevivido.
Manuel Paredejas
Maestro jubilado y prieguense de secano.