OPINIÓN | La esquinilla del Azahara
PISA, el móvil y el arte de farmear aura
Un maestro jubilado lee los resultados y descubre que los niños ya no solo hacen los deberes con pantalla: también hacen las muecas
Lunes 14 de septiembre de 2026 - 07:29
Me he puesto a leer el informe PISA. Resulta, por si no lo saben, que no es la torre inclinada de Italia, ni una marca nueva de aceite ecológico, ni una asociación de padres preocupada porque el niño no ha llevado la cartulina. PISA es una prueba que intenta averiguar cómo anda la juventud en matemáticas, lectura y ciencias. O sea, una especie de ITV de la enseñanza. Le ponen unos números, unos gráficos y unas palabras bastante serias, y al final siempre descubrimos que hay algo que revisar.
Como maestro jubilado, he leído los resultados con una mezcla de tristeza, preocupación y esa sensación tan propia de quien lleva muchos años diciendo:
—Esto ya no es lo que era.
Y lo peor es que esta vez no lo digo solamente porque esté jubilado. Lo dicen también los datos.
España no sale para tirar cohetes. En matemáticas, lectura y ciencias estamos por debajo de la media de la OCDE. Y uno mira el informe, suspira y piensa que algo estamos haciendo regular, porque los niños de hoy tienen más recursos que nunca y, sin embargo, cada vez parece que les cuesta más concentrarse, leer un texto entero o resolver un problema sin preguntarle primero al móvil.
Antes, cuando un niño no sabía algo, preguntaba a su padre, a su madre, al maestro o al vecino de la esquina.
Ahora pregunta al móvil.
Y el móvil, que al principio se presentó como una herramienta estupenda, ha terminado convirtiéndose en una especie de cuñado digital que opina de todo, responde enseguida y no te deja pensar por tu cuenta.
No digo que el móvil sea malo. Un martillo tampoco es malo, pero no se le entrega a un niño de dos años para que arregle la televisión. Y menos si te has comprado la de 56 pulgadas antes del Mundial porque te la daban "regalada" en el Carrefour y con un cupón para seguir comprando cosas que no necesitabas, pero ¡qué leche! si me sale ¿gratis?
El problema es que a algunos niños les damos el móvil cuando todavía no saben pronunciar bien “abuela”. Y antes de aprender a atarse los zapatos ya saben desbloquear la pantalla, cambiar de vídeo y encontrar una canción con un señor disfrazado de dinosaurio.
Eso tiene mérito, pero no sé si es el mérito que nos hacía falta. No nos damos cuenta de que cualquier personaje de dibujos animados tiene más poder moral sobre el niño que nosotros como padres a la hora de que el niño coma su papilla. O nos deje un ratito tranquilos en la terraza de cualquier bar, mientras que en lugar de hablar y mirarnos a la cara, damos "ejemplo" a esa pobre criatura mientras pasamos decenas de vídeos. Total, nos deja tranquilos y así eludimos responsabilidades como padres. Es lo más fácil.
Me quedé abrumado cuando vi a un pequeño de apenas año y algo hacer el gesto de pasar la imagen del móvil con una fotografía en papel, y ahora me doy cuenta de lo que hemos hecho dando acceso a las pantallas a criaturas que todavía son incapaces de mantenerse de pie.
El móvil sirve para aprender, comunicarse, buscar información y muchas cosas útiles. Pero también sirve para que uno no tenga que aburrirse nunca. Y el aburrimiento, aunque ahora parezca una enfermedad, era antiguamente el principio de muchas ideas.
Cuando yo era niño y me aburría, miraba por la ventana, molestaba a mi hermano, desmontaba un bolígrafo o me inventaba una historia con una caja de zapatos.
Hoy un niño se aburre y le ponen una pantalla.
Así no hay tiempo para imaginar. Ni para observar. Ni para pensar. Ni para descubrir que una caja de zapatos puede ser un coche, una casa o una estación espacial, según el hambre que tenga uno de fantasía.
El informe PISA también habla de distracciones digitales en clase. Y no me extraña. En mis tiempos, cuando el maestro explicaba, uno miraba por la ventana como mucho. Ahora hay alumnos que miran la pantalla, la del compañero, la de la mesa de atrás y, si se descuidan, hasta la del reloj. Aunque sí es de admirar que en la mayoría de centros educativos se obligue al alumnado a dejar el móvil a buen recaudo mientras las clases, y solo lo vuelven a coger a la salida, o en el recreo.
Según los datos, en España una parte importante del alumnado reconoce que sus compañeros se distraen con dispositivos durante las clases de ciencias. Yo eso lo comprendo perfectamente. La ciencia es muy interesante, pero compite con vídeos de gatos, bailes, videojuegos y gente que abre una bolsa de patatas como si estuviera desactivando una bomba.
Y en esas estamos.
Ahora, además, ha aparecido una moda que se llama “farmear aura”.
Yo al principio pensé que era algo relacionado con la agricultura ecológica o con una nueva forma de recoger aceitunas sin doblar la espalda. Pero no. Resulta que los jóvenes quedan, hacen posturas, ponen caras, realizan gestos y hacen unos mohínes —o mojines, como decimos los que no hemos nacido con conexión inalámbrica— para parecer más interesantes, carismáticos o impresionantes. A mi me recuerda a los concursos de breakdance que salían en los programas de música de los sábados por la tarde, que tiempos, eso sí era moverse.
Dicho en el idioma de mi generación: hacer el tonto, pero con nombre internacional. Algunos dirán, sí, pero por lo menos están en un parque o en la calle con amigos en lugar de encerrados en casa jugando al Fornite. Pero al final se trata de hacerse viral y siempre estará presente el móvil para dar fe de quién hace los "mojines", como se dice aquí, más espectaculares, si se puede denominar así.
Esta moda digital, por llamarla así me recuerda que en la residencia donde estudiaba, conocí a uno al que le decían El Mojines. No me río de sus tics, que eran involuntarios. Me río del apodo y de la imaginación que teníamos entonces, que tampoco era poca.
El muchacho tenía prácticamente todos los tics posibles. Cada noche parecía que se descargaba uno nuevo desde el Emule, y por la mañana nos sorprendía con una novedad.
Un día era el ojo. Otro, el hombro. Otro, la boca. Hubo una temporada en la que parecía que estaba intentando espantar una mosca que solo él veía.
Ahora los jóvenes hacen esos gestos voluntariamente para farmear aura. Mi antiguo compañero, sin quererlo, habría sido campeón mundial.
Lo que antes era un tic, ahora es contenido. Lo que antes ocurría en el patio, ahora se graba. Lo que antes veían cuatro amigos, ahora lo puede ver medio planeta antes de la merienda.
Y uno se pregunta si estamos educando para pensar o simplemente para posar.
No quiero que nadie entienda esto como una guerra contra los jóvenes. Los jóvenes son jóvenes, como lo fuimos nosotros. También nosotros hicimos tonterías. La diferencia es que nuestras tonterías no llevaban música, filtros, comentarios y tres millones de reproducciones.
La responsabilidad tampoco es solo de ellos. Somos los mayores quienes les hemos puesto el móvil en la mano para que comieran tranquilos, para que no molestaran, para que se entretuvieran y para poder terminar el café.
Luego nos hemos sorprendido de que no sepan vivir sin él.
Yo, desde la esquinilla del Azahara, con mis periódicos y mi jubilación, sigo pensando que una buena educación necesita libros, maestros, esfuerzo, curiosidad y también ratos sin hacer nada.
Porque si un niño no se aburre nunca, quizá tampoco llegue a descubrir quién es cuando no tiene una pantalla delante.
Y si alguna vez me preguntan qué es PISA, responderé:
—Es el informe que nos dice cómo van los estudiantes.
Pero también añadiré:
—Y quizá algún día deberíamos hacer otro para saber cómo vamos los adultos, que fuimos nosotros quienes les compramos el móvil.
Aunque, eso sí, sin hacer mohínes.
Que a mi edad, si se me mueve un ojo, ya no estoy farmeando aura.
Estoy esperando que me baje la tensión.
Por cierto, espero que hayan tenido una buena vuelta de las vacaciones. Suyo afectuosamente
Manuel Paredejas
Maestro jubilado y prieguense de secano.