David Gámiz repasa con humor las razones por las que su sinceridad, su independencia de criterio y su escasa afición a aplaudir al jefe le impedirían hacer carrera política
David Gámiz
Sábado 31 de octubre de 2026 - 10:36

Una vecina de Priego que lee mis ocurrencias por esas redes sociales me dijo el otro día que, con lo bien que se me da expresar mis opiniones y mis ideas, podría dedicarme a la política.

Yo no le eché cuentas al comentario, pero esta mañana, mientras desayunaba un café con uno de esos hojaldres de la calle Loja que todavía me quedaban en la despensa, buenísimo, por cierto, me puse a analizar seriamente mis posibilidades de hacer carrera política y llegué a una conclusión bastante desalentadora: no doy el perfil.

Para empezar, tengo la mala costumbre de decir lo que pienso. Procuro hacerlo con educación, intentando no ofender a nadie, aunque reconozco que no siempre lo consigo. También es verdad que vivimos en una época en la que la gente se ofende hasta porque le toque el Cuponazo. Hay quien recibe una crítica como si le hubieran insultado a su madre y quien es capaz de dejarte de hablar porque has dicho que la tortilla de patatas está más buena sin cebolla.

Esto, en política, es un inconveniente considerable.

Imaginen que un periodista me pregunta qué opino de una decisión de mi partido que me parece una soberana gilipollez. Lo normal sería que yo contestara que me parece una soberana gilipollez. Con un poco de suerte, hasta explicaría por qué. Pero resulta que en política hay que decir que respetas profundamente la decisión adoptada por los órganos competentes, que compartes el espíritu de la propuesta y que existen diferentes sensibilidades dentro de un proyecto común.

Vamos, que para decir que una cosa es una gilipollez hay que gastar tres minutos, emplear cuarenta palabras y procurar que nadie se entere.

Otro problema es que no tengo una ideología política definida. O, mejor dicho, no tengo una ideología que venga empaquetada con instrucciones de uso y una bandera para envolverla.

Hay propuestas de la izquierda que me parecen estupendas, otras de la derecha que considero igual de buenas y algunas de ambos lados que me producen unas ganas irresistibles de emigrar a una isla desierta. Creo en los servicios públicos, pero también en la iniciativa privada. Me parece imprescindible proteger a quien lo necesita, pero también exigir responsabilidades a quien puede asumirlas. Defiendo que los ciudadanos paguemos impuestos para sostener una sociedad digna, aunque me gustaría que quienes los administran recordaran de vez en cuando que ese dinero no lo han heredado de una tía de Zamoranos.

Y eso, por lo visto, es peligrosísimo, porque en política no basta con tener ideas. Hay que tener las ideas correctas, que son las que tenga tu partido en ese preciso momento. Si mañana cambian, tú también cambias. Y si alguien te recuerda lo que defendías ayer, explicas que las circunstancias han evolucionado.

Yo tengo una palabra para eso, pero no creo que quedara bien en un cartel electoral.

Tampoco me veo obedeciendo a pies juntillas las proclamas de un secretario general que posiblemente esté más preocupado por conservar su sillón que por mejorar la vida de quienes lo han votado.

Imaginen que desde Madrid llega una orden de defender algo que considero injusto. ¿Qué hago? ¿Me callo porque lo dice el jefe? ¿Salgo en televisión a justificarlo? ¿Me invento un argumento que ni yo mismo me creo?

Con lo que me cuesta darle la razón a mi mujer cuando estoy convencido de que la llevo yo, como para tener que dársela a un señor al que apenas conozco porque lo han elegido secretario general en un congreso.

Y hablando de congresos, ahí tenemos otro inconveniente. No me veo pasando un fin de semana en un hotel de cuatro estrellas, rodeado de compañeros de partido, votando resoluciones que ya estaban decididas antes de que llegáramos. Mucho menos levantándome a aplaudir cada vez que alguien mencione al líder.

Esas ovaciones interminables me tienen fascinado. Sale el secretario general, aplausos. Saluda, aplausos. Dice buenos días, aplausos. Anuncia que el partido atraviesa un momento decisivo, aplausos. Promete que van a seguir trabajando, aplausos. Estoy seguro que los asistentes al congreso están tan metidos en ese papel de aplaudidores, que si el secretario general dice que les va a quitar el presente navideño y no les va a pagar los taxis y el hotel, le aplaudirían igual.

Yo probablemente estaría sentado, preguntándome cuánto falta para comer y si habrá croquetas en el aperitivo.

Lo de los mítines tampoco lo llevo bien. No me imagino haciendo cola para estrecharle la mano al responsable del partido que viene de Sevilla o de Madrid, como si acabara de bajar del monte Sinaí con las tablas de la ley debajo del brazo. Hay una cosa que siempre me ha llamado la atención: esa reverencia casi religiosa que algunos militantes profesan a sus dirigentes. Personas perfectamente normales, capaces de discutir con el director de su banco por una comisión de tres euros, se transforman en adolescentes ante su cantante favorito cuando aparece un cargo importante.

Le ríen las gracias, le celebran las ocurrencias y le aseguran que está haciendo un trabajo extraordinario, aunque lleve seis meses sin pegar un palo al agua.

Yo, si el hombre me cae bien, le daría la mano y le preguntaría cómo está. Y si me cae mal, probablemente también, que la educación no está reñida con tener criterio. Pero de ahí a comportarme como si acabara de conocer al inventor de la penicilina hay un trecho considerable.

Otra cosa muy política y que tampoco me motiva es el tema de las fotografías. Me imagino inaugurando una farola, visitando una obra o asistiendo a la presentación de un proyecto que lleva anunciado desde que Felipe González tenía el pelo negro. Todos colocados, todos sonriendo y todos aparentando un entusiasmo desbordante porque el Ayuntamiento ha conseguido instalar tres bancos y dos papeleras.

A mí me daría por preguntar cuánto han costado, por qué se han tardado ocho meses en ponerlos y si no había algún sitio donde hicieran más falta. Se acabó la fotografía.

También tendría problemas con las ruedas de prensa. Sobre todo con esa costumbre de contestar a una pregunta hablando de otra cosa.

Un periodista pregunta por qué no se ha terminado una carretera y el político responde que su partido está firmemente comprometido con la movilidad sostenible, la vertebración territorial y el futuro de nuestros jóvenes.

Pero, hombre de Dios, ¿la carretera está terminada o no?

Yo sería de los que contestaran que no, que la empresa se ha retrasado, que hemos metido la pata o que no había dinero. Y si no supiera la respuesta, diría que no la sé y que voy a enterarme.

Una sinceridad semejante podría provocar una crisis institucional de consecuencias imprevisibles.

Hay otro asunto que me preocupa especialmente: la obligación de llevarse mal con determinadas personas.

En política parece que, si eres de un partido, tienes que considerar a los del otro una especie de amenaza para la supervivencia de la civilización occidental. No puedes reconocer que tu adversario ha tenido una buena idea, porque inmediatamente sospechan que estás preparando una traición.

A mí me resultaría agotador. Imaginen que un señor de otro partido propone algo estupendo para Priego. Pues yo lo apoyaría. Y si el de mi partido propone una barbaridad, votaría en contra.

Al día siguiente me encontrarían en una reunión extraordinaria de la ejecutiva, rodeado de señores muy serios explicándome que he perjudicado la imagen de la organización.

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