Te di ojos y miraste las tinieblas construye un relato coral sobre la herencia, la culpa y la memoria de una estirpe de mujeres marcadas por la oscuridad
Belén Rivera Gutiérrez
Miércoles 16 de septiembre de 2026 - 10:00

«Te di ojos y miraste las tinieblas» no es una novela fácil de leer, pero precisamente ahí reside parte de su fuerza. Irene Solà construye un relato de una enorme intensidad literaria, sostenido por un lenguaje profundamente poético y oral, que avanza como un murmullo: bello, incómodo e hipnótico.

La escritura de Solà no se limita a contar una historia. La invoca. Sus descripciones son sumamente visuales y las sensaciones que provoca la lectura van más allá del simple entendimiento de lo que ocurre en la página. Hay imágenes, voces, sombras y presencias que parecen permanecer después de cerrar el libro.

Una masía, una maldición y una estirpe de mujeres
El escenario de la novela es una masía aislada de las Guillerías, un territorio donde lo real y lo mítico conviven con absoluta naturalidad. La trama gira en torno a una estirpe de mujeres marcada por un antiguo pacto con el diablo. A lo largo de las generaciones, cada descendiente arrastra una especie de marca, ya sea una ausencia, una anomalía o un rasgo físico singular, como símbolo del peso de la maldición y de la historia familiar.

En la novela, el tiempo no avanza de forma lineal: se pliega, se superpone y se confunde. Las voces de las vivas y las muertas reconstruyen el linaje desde distintos momentos, componiendo un relato coral en el que no hay una única protagonista, sino una memoria familiar que habla desde muchas heridas.

Lo heredado y lo que no se puede borrar
En esencia, «Te di ojos y miraste las tinieblas» es la historia de una familia atrapada entre lo cotidiano y lo sobrenatural. Una novela sobre la herencia, el deseo, la culpa y la transmisión de aquello que pasa de unas generaciones a otras, incluso cuando nadie quiere nombrarlo.

Mirar la oscuridad, en el universo de Irene Solà, significa enfrentarse a lo que se ha recibido, a lo que se ha callado y a lo que no puede borrarse. Su escritura es admirablemente excepcional: exige al lector, lo incomoda y lo arrastra hacia un territorio literario propio, donde la belleza y la inquietud caminan juntas.

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