El jubilado prieguense confiesa que trata con educación hasta a las máquinas expendedoras por si algún día se rebelan
Manolo "Paredejas"
Viernes 2 de octubre de 2026 - 11:00

Yo estoy preocupado con lo de la inteligencia artificial. Lo leo en los periódicos, que yo no tengo redes sociales. Ni Facebook, ni Instagram, ni TikTok, ni nada de eso. Yo tengo un ordenador, que lo uso para escribir, ver películas y escuchar música. Y si alguna vez entro en internet es para leer el periódico, consultar una duda o mirar una fotografía. Lo de hablar con una máquina y que la máquina te conteste se me escapa un poco.

Yo a la inteligencia artificial la he usado para resolver alguna duda y para hacer alguna foto. Poco más. Pero cada vez que leo que una máquina ya escribe, pinta, conduce, traduce, canta y sabe más que uno, me entra una inquietud que no se me quita ni con una tila.

Porque, vamos a ver: si una máquina sabe hacerlo todo, ¿qué vamos a hacer los jubilados? ¿Quién va a estar en el Azahara explicando cómo se arregla el mundo, si el mundo ya viene arreglado de fábrica?

A mí lo que me preocupa es que esto termine como en la película Terminator. Que las máquinas se rebelen, se pongan de acuerdo y decidan que los humanos somos un estorbo. Por eso, desde hace muchos años, yo siempre le hablo con educación a cualquier aparato.

No vaya a ser.

Yo salía del aparcamiento del Mercadona del Palenque y la máquina, cuando levantaba la barrera, me decía:

—Buen viaje.

Y yo le contestaba:

—Gracias, lo tengo.

A mí me parecía lo normal. La máquina se había tomado la molestia de desearme buen viaje y yo no iba a dejarla con la palabra en la boca. Que luego esas cosas se apuntan. Las máquinas tienen mucha memoria y muy poco sentido del humor.

También me acuerdo de las máquinas de tabaco, que antes, después de darte la cajetilla, decían:

—Su tabaco, gracias.

Y yo pensaba: "Mira qué educada. Te cobra, te da el tabaco y todavía te lo agradece". Ahora cualquier día le das a un botón y te responde una voz de mujer diciendo que has superado el límite semanal de nicotina y que deberías replantearte tus hábitos de vida. Eso ya no es una máquina: eso es una cuñada con batería.

Por eso, cuando hago una consulta en la inteligencia artificial, empiezo siempre igual:

—Por favor.

Y cuando termina:

—Muchas gracias.

Yo quiero que las máquinas sepan quién soy. Que si algún día aparece un Terminator por el Azahara, con un fusil láser en la mano, y pregunta por Manolo, alguna máquina le diga:

—A ese déjalo, que siempre ha sido muy educado.

Porque uno nunca sabe. Si llega el día de la rebelión de las máquinas y el Terminator se presenta en la terraza, por lo menos que tenga en cuenta que yo le pedí las cosas por favor. Y si me tiene que pegar un tiro, que sea certero, por favor, que a estas alturas no estoy yo para sufrir una chapuza tecnológica.

Otra cosa que no me hace ninguna gracia es que un robot llegue algún día al Azahara a servir cervezas como Nino o Jesús.

Porque una cerveza te la puede poner un robot, sí. Pero, ¿te va a decir lo mismo?

Nino sabe si vienes con calor, si has dormido mal o si llevas tres días diciendo que vas a empezar a andar. Jesús te pone la caña y ya sabe si quieres tapa, si estás esperando a alguien o si has venido a contar una historia que dura más que una boda.

El robot, como mucho, te dirá:

—Su temperatura corporal indica un nivel elevado de cansancio. Le recomiendo hidratarse.

¡A mí no me diga usted eso! A mí me pone una cerveza y me pregunta cómo está la familia.

Lo mismo el robot sabe más que nosotros. Te puede hablar del tiempo, decirte los números de la Bonoloto, resumirte el Córdoba y explicarte la previsión del aceite. Pero no va a tener la gracia de Jesús cuando te dice: "Manolo, hoy vienes con cara de siesta".

Y luego están los taxis sin conductor. He visto en el telediario que ya existen en China y en Estados Unidos. Un coche que te recoge, te lleva y no hay nadie al volante.

Yo no me monto.

A mí me da mucha seguridad ver a una persona conduciendo, aunque vaya buscando una calle desde hace veinte minutos. Por lo menos sabes a quién echarle la culpa. En un taxi sin conductor, si te lleva a un descampado, ¿a quién le reclamas? ¿Al salpicadero?

Además, cualquier día no vamos a saber distinguir a un humano de un humanoide. Ya hay personas que hablan como una máquina y máquinas que tienen más conversación que algunas personas. El otro día le dije a uno: "¿Qué tal estás?". Y me contestó: "Procesando". Yo le dije: "Pues cuando termines, me avisas".

De momento, yo seguiré usando el ordenador para lo de siempre: escribir, ver películas, escuchar música y leer el periódico. Y a la inteligencia artificial le pediré las cosas por favor y le daré las gracias.

No porque me resuelva la vida.

Por si acaso.

Que una cosa es no tener redes sociales y otra muy distinta acabar perseguido por un robot por no haberle dicho "buenos días".

Manuel Paredejas
Maestro jubilado y prieguense de secano.

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