Fran Zurera. (Historiador)
Miércoles 20 de junio de 2012 - 11:02
generica

El reloj que llevaba en la mano izquierda seguía su paso cansino y monótono recorriendo los minutos al son de los segundos que desaparecían deprisa, casi imperceptibles. A lo lejos, el sol iba muriendo mientras rebotaba contra las paredes encaladas de blanco, el griterío de los niños era ensordecido por el último trinar frenético de los gorriones esa tarde y alguna que otra tórtola se posaba en las ramas de los árboles.

El tiempo primaveral hacía que el camino de tierra rojiza guardara el calor haciendo de su vuelta a casa un trayecto sumamente acogedor. Tan fácil era dejarse llevar por la atmósfera de aquel camino, que al sentarse en un recodo pronto quedó dormida. Las palabras cobraron vida, llenaron los huecos que su mente quiso llenar y configuraron un universo de hombres vestidos con traje y corbata. Unos portaban camisas de lino con pantalones de raya y todos presentaban algún tipo de barba, los había con una barba rala y otros con barba profusa y bien cuidada mientras sus cabellos se moldeaban debido al trabajo de un peine de púas y una buena brillantina.
Los sentía discutir mientras sus rostros se perdían entre una nube de humo procedente de pipas y cigarros con tabaco liado. Ella, no dejaba de atender a los vociferantes contertulios con tal interés que pretendía no pestañear por si al cerrar levemente los párpados se perdiera la más mínima parte de la conversación.
Daba pasos seguros entre los hombres sin que le prestaran atención. Si en un descuido rozaba algún brazo de aquellos varones, estos ni se inmutaban, tan sólo se desvanecía la parte que había tocado como un haz de polvo para volver a recomponerse exactamente igual que antes del roce. Eran personajes de rostro extraño que disfrutaban de una reunión sin fin acompañados por un gramófono que dejaba escuchar una canción extraña, una música alegre aunque nostálgica que acompañaba a la perfección sus gestos y sonrisas.
Tatiana caminaba a pasos lentos. Se sentía tranquila y dejaba volar su mirada por el ornato del salón en el que se encontraba. Los espejos dorados y las molduras de figuras naturalistas en el techo entonaban a la perfección con los tapices que adornaban las paredes del mismo. Sus pies caminaban por una alfombra mullida que ahogaba los pasos y hacía sentir la comodidad y la levedad del cuerpo. Todo invitaba al disfrute, a la charla insulsa, a dejarse llevar por los más nimios placeres. La estancia quedaba completa con una serie de sofás abultados de cojines gruesos, en los que uno podía sentarse plácidamente o mejor aún, recostarse y dormir en un sueño profundo y placentero, abrigado al amparo de aquella luz potente y cegadora.
Camareros vestidos de un negro impoluto recorrían la estancia a paso rápido ofreciendo a los huéspedes de la misma, diversas viandas servidas en bandejas de plata relucientes. Tras la gran puerta de cristales labrados se notaba el trajinar de las cocinas. Todo estaba dispuesto para que no faltara ningún detalle; todo era un cuadro viviente sin una mácula.
De toda la escena tan solo molestaba a la niña un tintineo insistente que cada vez era más fuerte, más irritante pero por más que quería dar con el foco de donde provenía aquel ruido que se sobreponía a las notas nostálgicas del gramófono no lo conseguía.
Un movimiento de cabeza leve pero altivo hizo que Tatiana prestara atención a aquel hombre que le sonreía de manera un tanto picara. Ella creyó que todo formaba parte de una mala interpretación, aunque aquel hombre de aspecto maduro, barba cuidada y modales calculados la seguía mirando y sonriendo.
-Pequeña señorita permitidme que le diga que es una invitada extraña en nuestra reunión…-
Tatiana sorprendida ante las palabras de aquel hombre, tuvo que detenerse a pensar de qué manera contestarle:
-Disculpe mi osadía señor, reparo en lo que he visto y escuchado, aunque llego a la conclusión que no entiendo nada de lo que hablan y sé que el idioma en el que se expresan es el mío. Permítame expresarle la sensación tan placentera que me embarga al caminar por medio de este salón…-
El hombre giró la cabeza de un lado a otro, para volver a fijar la mirada en la pequeña niña:
-Sí prestas atención verás que no existe salón alguno, que nadie habla con nadie, somos meros espectros de personas que existieron hace años, que tan solo vagan sin rumbo-
-Si fuese así lo que usted me dice ¿Para qué necesitarían tanto lujo y música unos espectros?-
-¿Lujo? ¿Música?-
Ante los ojos incrédulos de la niña todo el ornato, toda la música, todos los camareros, trajes, estruendo y jolgorio había desaparecido. En el sitio que estuvo el salón tan solo quedaban ella, aquel hombre que le había hablado y la luz potente y cegadora. Tatiana quedó angustiada ante la negrura que se atisbaba tras la luz. Al fijarse de nuevo en aquel hombre, se asustó al ver una figura pálida, demacrada, con ropajes ajados. Quiso correr más su cuerpo no se movía del lugar. Intentó taparse los oídos pero el tintineo que provenía del bolsillo de aquel adefesio no cejaba, era aún más y más fuerte, tanto que Tatiana creía que iba a desmayarse.
No sabría decir el tiempo que perdió la conciencia pero al despertar, corrió como alma que lleva el diablo. Al llegar a casa, se aferró a la cintura de su madre mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas a borbotones. Cuando al fin se calmó, contó a su madre lo que le había ocurrido. La progenitora, tras un resoplido se acercó a la niña y la abrazó mientras le relataba muy bajito:
-Cuentan las lenguas viejas que hay personas que conocieron al tintinero en el pueblo. Por su culpa murieron decenas de personas de manera terrible en el camino que has recorrido. El día que el tintinero murió, nadie se acercó a su casa para amortajarlo, nadie tampoco quiso llevar su ataúd hasta la iglesia. Tan sólo el médico del pueblo cumpliendo su deber fue a visitarlo. El propio matasanos lo creyó loco cuando el tintinero le comentó que había visto a todos los que había mandado matar y que lo estaban esperando. Dicen quiénes se atrevieron a ver la cara del tintinero que una vez hubo fenecido, su rostro se contrajo en una mueca de puro terror. A partir de ese día, se empezó a contar que en el camino de las luces al caer la tarde se escucha el tintineo lastimero de las monedas del tintinero que resonaban mientras penaba y chillaba de miedo al ver una y otra vez la cara de los que a sus manos murieron. Por todo ello hija mía, creo que has conocido al mismo tintinero que pidiendo perdón custodia el camino de las luces eternamente los espíritus de los pobres que murieron en el camino de las luces.

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