En una plaza de toros, un animal es llevado a un lugar extraño, rodeado por el estruendo de miles de personas y sometido, de forma deliberada, a un proceso de cruentas lesiones sucesivas hasta su muerte. Simplemente por el placer de quien acude a él. Ese sufrimiento no es un efecto secundario del espectáculo, es el espectáculo mismo. Sin la herida, la sangre y la agonía, la corrida deja de existir. Sin embargo, cada año en Priego de Córdoba hay un número, cada vez más pequeño de personas que disfrutan con esa tortura. Desde luego no debe pensarse mucho para saber que existe porque se inyecta de dinero público tanto local, como autonómico y estatal. Sin esa simple aportación, fruto de los impuestos de todos los contribuyentes, no existiría. Tienen el viento a favor.
Las sociedades avanzan cuando son capaces de extender la compasión más allá de su antigua visión. Cada generación decide qué tradiciones merece conservar y cuáles deben quedar en los libros de historia porque ya no son compatibles con la conciencia ética de su tiempo. Para ello algunas personas deben concienciarse de que lo que sucede es una barbarie. No se nos ocurre acudir a la quema pública de una persona, a su paseo denigrante colgados unos sambenitos, o ver cómo se le da garrote vil en una plaza a una persona. Se ha logrado no tirar una cabra desde un campanario por placer.
El toro es un animal vertebrado capaz de sentir dolor, estrés y miedo. No es una raza, sino una selección y si dejara de existir como tal no ocurriría nada malo. Las dehesas que los albergan pueden ser destinadas a otros menesteres como lo son ahora y si hubiera interés fuera del económico en mantener ese tipo de vacuno, miremos ejemplos como el lince o el quebrantahuesos. Incluso las personas con oficios relacionados con el “mundo del toro” podrían buscarse otro oficio, como tantas y tantas personas han tenido que hacer en el mundo de la construcción, la naval o nuestro textil. Insisto, no pasaría nada.
Si se me permitiera acudir a una escuela de primaria con los elementos de tortura utilizados durante una corrida y explicar al alumnado de primaria su funcionamiento, de allí pocos taurinos saldrían, pero estamos en lo contrario y se intenta vender que una tela, unos cuernos postizos y unos movimientos son la tauromaquia, sin sangre. El espectáculo incluye la producción deliberada de lesiones y la muerte del animal como parte de la representación. La puya, más de veinte centímetros de acero, puede causar lesiones graves en músculos, ligamentos y otras estructuras del cuello y la cruz del toro, cuya función resulta esencial para sostener la cabeza y el movimiento; las banderillas, arpones de acero, vuelven a desgarrar esa misma zona, aumentando el sangrado y el agotamiento del animal. El estoque está diseñado para cortar los órganos vitales, puede atravesar pulmones u otras estructuras internas, prolongando la agonía. Finalmente, la puntilla pretende seccionar la médula espinal en su tramo final para inmovilizar al toro, aunque no siempre provoca una muerte instantánea. Todo ello sucede entre ovaciones y música.
Muchas corrientes éticas sostienen que el sufrimiento de un ser sintiente no puede justificarse únicamente por el entretenimiento de terceros. La evolución de las sociedades ha llevado a prohibir otras prácticas tradicionales cuando implicaban un daño injustificado, aunque hubieran formado parte de la cultura durante siglos. Ningún progreso moral nació de la complacencia. Las sociedades dejaron de quemar personas en las hogueras, de celebrar ejecuciones públicas o de convertir el sufrimiento en entretenimiento. No fue la tibieza la que acabó con esas prácticas, sino la convicción de que ninguna tradición merece sobrevivir si exige una víctima. ¿Recuerdan aquellos cristianos y los leones en el circo romano? Ninguna manifestación cultural debería necesitar el sufrimiento deliberado de un ser sensible para justificarse, incluido el sacrificio público musulmán del cordero. Si el valor del torero reside en enfrentarse al peligro, la esencia del espectáculo sigue dependiendo de un animal herido, debilitado y condenado desde antes de salir al ruedo. El arte no necesita sangre, la belleza no necesita agonía. No se discute su antigüedad, sino su legitimidad. Que una costumbre haya perdurado durante siglos no la convierte en justa. También la crueldad tiene historia. Posiciones desde la derecha ideológica vienen realizando un ejercicio de apropiación como si existiese un derecho que les pertenece y debe perpetuarse como algo identitario, pero si pensamos lo que es, tortura pública por placer, cuesta entenderlo desde la ética más esencial. Por otra parte, qué tibieza del PSOE, no permitiendo ni siquiera el debate de una Iniciativa Legislativa Popular con casi un millón de firmas en el parlamento. Tal partido se declaraba antitaurino en sus primeros estatutos, pero hoy día, en la creencia de que le restaría votos, se pone de perfil, cuando nunca ha tenido una oportunidad tan importante de terminar con esa crueldad, simplemente retirando la ayuda pública y sacándolo de Cultura, donde nunca debió estar.
Eugenio Noel, uno de los más severos críticos de la tauromaquia, declaró que: «Los toros son la escuela de la crueldad.» Y si una persona es capaz de asistir a ese espectáculo, se le aprecian connotaciones obvias. Otro intelectual de los más grandes que atesoramos en España, Joaquín Araujo, segundo premio Sintientes Priego, ha resumido el debate con una idea rotunda: «La tortura no puede ser cultura.» Un día más, el que ocurra la masacre taurina, cogeré el petate y me iré lejos de mi pueblo. No puedo pisar el mismo suelo de quien acude a un espectáculo de tortura animal y disfruta.
(*) Manuel Molina González es Profesor y Académico