Una aventura agrícola con tomates, calabacines y una factura de agua que parecía de comunidad de regantes
Manuel Paredejas
Jueves 15 de octubre de 2026 - 18:00

A mí me dio una vez por montarme un huerto urbano. Sí, yo que estudié por no ver de cerca un terrón de tierra.

No sé qué me pasó. Sería un día de aburrimiento, de esos en los que uno mira por la ventana y piensa: “Yo antes sabía distinguir un olivo de una encina y ahora no sé dónde he puesto las gafas”.

Me entró la nostalgia del campo y decidí recuperar mis raíces agrícolas en la terraza. Un huerto urbano. Dicho así parece una cosa moderna, ecológica y muy de revista. Pero el mío acabó siendo más bien una selva con macetas.

Plantones sin nombre
Me fui a lo de Bibiano a comprar plantones. Compré tomates de varias variedades, calabacines y pimientos. Me los llevé para casa todos juntos y los puse encima de la mesa.

Y ahí empezó el problema.

Yo después no sabía cuál era cuál.

A mí me parecían todos iguales: unos palillos verdes con unas hojillas. No quise preguntar demasiado porque había gente esperando y no quería que Bibiano pensara que yo había ido allí de visita. Así que me dije:

—Manolo, esto lo plantas y ya se verá.

Y lo planté todo junto.

Tomates, pimientos y calabacines. Aquello no tenía separación de cultivos ni nada. Era como una reunión de vecinos: cada uno tirando por su lado y nadie sabía quién llevaba la presidencia.

Al principio le puse unas etiquetas, pero se me volaron con el aire. Después intenté marcar las plantas con rotulador y acabé escribiendo “posiblemente tomate” en una hoja que a los tres días ya no estaba.

Un sobrino me dijo que les hiciera fotografías y las buscara por internet. Yo hice una foto, pero salieron tantas hojas que el teléfono me preguntó si estaba fotografiando una planta o un bosque.

También probé a llamar a Bibiano:

—Bibiano, esto que me ha salido, ¿qué es?

—¿De qué color es?

—Verde.

—¿Y la hoja?

—Verde también.

—Pues puede ser cualquier cosa.

Eso no me ayudó mucho.

La Selva Negra en la terraza
Las plantas fueron creciendo y se fueron mezclando unas con otras. Una se agarró a la sombrilla, otra se metió debajo de una silla y otra empezó a invadir la zona donde tendía los pantalones. Yo salía a recoger la ropa y volvía con un tomate pegado al calcetín.

Más que un huerto urbano, aquello parecía la Selva Negra, pero sin cuentos y con mosquitos. Yo entraba en la terraza con cuidado, porque en cualquier momento esperaba que saliera un jabalí detrás de una maceta.

Para sujetar las ramas utilicé de todo: palos de escoba, pinzas de la ropa, una percha y hasta un paraguas roto. Mi terraza parecía un campamento de supervivencia. Si hubiera pasado un helicóptero por encima, habría pensado que estaba viendo una instalación de arte contemporáneo.

Los calabacines empezaron a crecer de una manera preocupante. Uno se hizo tan largo que tuve que medirlo con el metro de la caja de herramientas. Aquello ya no parecía una hortaliza: parecía una barra de pan verde.

Otro salió torcido y pensé que era una serpiente dormida. Lo toqué con el pie y me llevé un susto que casi me hace abandonar la agricultura para siempre.

Los pimientos tampoco ayudaban. Colgaban entre las hojas como si fueran adornos de Navidad. Yo los miraba y pensaba:

—Estos, o son pimientos, o en cualquier momento empiezan a cantar villancicos.

Y los tomates aparecían donde menos los esperaba. Uno lo encontré debajo de una maceta. Otro estaba oculto entre dos hojas, como si se hubiera escondido para no salir en la foto. Aquel tomate llevaba más días desaparecido que un niño jugando al escondite.

También había caracoles. Yo no sabía si estaban comiéndose las plantas o haciendo una visita. Les hablaba con educación:

—Buenos días. ¿Ustedes vienen a colaborar o solo a desayunar?

Pero no contestaban. Seguían avanzando despacio, que es una forma muy elegante de no dar explicaciones.

Una inversión agrícola de alto riesgo
Regar aquello era otro asunto. Yo miraba el cielo, consultaba el teléfono y estudiaba las nubes como si fuera meteorólogo. Si anunciaban lluvia, sacaba cubos. Si no llovía, regaba. Y si caían cuatro gotas, salía corriendo a guardar los cojines, aunque el huerto estuviera pidiendo agua desde hacía tres días.

Al precio que estaba el agua, cada vez que llenaba la regadera me parecía que estaba haciendo una inversión agrícola de alto riesgo.

—Como salgan pocos tomates —pensaba—, cada uno me va a costar lo mismo que una mariscada.

La primera cosecha fue un acontecimiento. Saqué dos calabacines que parecían pepinillos, cuatro tomates y varias cosas que preferí no tocar por si tenían documentación.

Los calabacines me los comí porque ya estaban en casa. Para hacer una tortilla tuve que añadirles una fotografía de otro calabacín para que parecieran más cantidad.

Los tomates fueron cuatro. Uno estaba duro, otro tenía una forma que no había visto en la naturaleza y los otros dos parecían haber pasado una mala noche.

Los pimientos los dejé en la planta porque no sabía si estaban verdes porque eran pimientos o porque aún no habían decidido qué querían ser.

Vuelta a la agricultura tradicional
Al final comprendí que aquello no era para mí. El campo exige saber qué se planta, cuándo se riega, qué se poda y qué demonios está creciendo debajo de las hojas. Yo no distinguía un pimiento de un calabacín ni aunque llevara una etiqueta, una flecha y un cartel luminoso.

Así que desmonté el huerto y volví a la agricultura tradicional: comprar lo que necesito.

Ahora me paso por la tienda del Komo Komo, junto al Palenque. Allí me tratan muy bien, me conocen por mi nombre y, cuando pido tomates, nadie me pregunta si quiero una variedad temprana, tardía o de crecimiento indeterminado. Me ponen los tomates y punto. Aunque Antonio ya me ha dicho que traspasa la tienda porque pasa a mejor vida. La mía, de jubilado. Y a Antonio ya le toca.

Y lo mejor es que no tengo que regarlos, ni entutorarlos, ni vigilar que un caracol se me cuele en la terraza.

He decidido que el campo no es lo mío. A mí me gusta la fruta y la verdura, pero ya crecida, identificada y dentro de una bolsa.

Porque una cosa es recordar el campo y otra muy distinta acabar preguntándole a una planta:

—Perdona, ¿tú qué eras?

Manuel Paredejas. Maestro jubilado y prieguense de secano.

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