En la antigua Roma -que, curiosamente, alcanzó el culmen de su poder justo cuando Esparta declinaba inexorablemente- se daba pan o trigo a sus ciudadanos, y se abría el circo para que todos pudieran disfrutar de sus sangrientos espectáculos.
Todo gratis con el fin de tener al pueblo contento… y callado. Mientras, los poderosos realizaban sus tejemanejes en el Senado, o tomaban los pulcros ejércitos romanos y se hacían con las tierras de otros pueblos, o con las de sus propios paisanos. Pan y circo para silenciar a los hombres libres.
Por otra parte, decía bien Jenófanes de Colofon en uno de sus poemas que “porque triunfe un atleta en un certamen a la orilla de Pisa; que eso no llena de la ciudad el almacén”. ¡Qué lejos esa idea de lo que eran las simples y, al mismo tiempo, gloriosas Olimpiadas! Aquellas en las que atletas de todo el orbe civilizado competían para demostrar que eran los mejores y llevarse con ellos, como único premio, la corona de laurel. Luego eran agasajados y homenajeados en sus ciudades de origen e, incluso, se les erigía estatuas o monumentos en su honor. Después, la vida seguía su curso, y el campesino cultivaba las tierras, y el guerrero defendía la polis. Hoy, esa actividad lúdica, espiritual y física al mismo tiempo, ha quedado relegada a un mero “pan y circo”. Así se calla al pueblo, en estos tiempos de crisis. Un afortunado resultado no llena la despensa de víveres, ni da trabajo, ni paga las deudas.
Pueden sentirse satisfechos los herederos de César: los circos siguen existiendo, con formato distinto pero con los mismos fines.
Dejo atrás el escenario donde las multitudes corean los nombres de sus héroes, ajenas durante unas horas a sus propias penurias, y me cruzo con los complacidos rostros de los hombres que manipulan los hilos del poder, que medran gracias a la locura colectiva.