El maestro jubilado reivindica Todos los Santos, las gachas de Castil de Campos y una llave de casa como arma contra los zombis.
Manuel Paredejas
Miércoles 28 de octubre de 2026 - 10:30

Yo no termino de entender lo de Halloween. Cada año hay más fiestas, más disfraces y más niños por la calle vestidos de vampiros, zombis, esqueletos, payasos diabólicos y personajes de películas de miedo. Antes uno veía a un niño con la cara pintada y pensaba que había estado comiendo chocolate. Ahora lo miras y no sabes si viene de pedir caramelos o de escapar de una autopsia.

Y todo esto, además, coincide con Todos los Santos.

Antes esta fecha era de recogimiento. Se iba al cementerio, se limpiaban los nichos, se ponían flores y se recordaba a los que ya no estaban. Ahora sales a la calle y te encuentras a un niño con sangre en la cara gritándote:

—¡Truco o trato!

Y uno no sabe si darle caramelos, llamar a la Policía o preguntarle si necesita que le busquen a su familia.

La Wikipedia del camposanto
Yo me acuerdo de cuando iba a limpiar el nicho de mis padres. Allí estaban los sepultureros, Antonio "Chico" y Luis, pendientes de todo. Antonio "Chico", por desgracia, ya falleció. Y Luis se ha jubilado hace poco. Se les echa de menos, porque eran de esas personas que parecían formar parte del propio paisaje del cementerio.

Luis era como la Wikipedia del camposanto, pero con más memoria y menos anuncios. Se sabía dónde estaba enterrado todo el mundo, quién era hermano de quién, de qué familia venía cada uno y hasta alguna historia curiosa del difunto.

Tú llegabas preguntando:

—Luis, ¿el nicho de los Pareja dónde está?

Y él te decía:

—Subes por allí, giras a la derecha, pasas la familia de los Sánchez y, al lado de los que tenían la tienda en la Inmaculada, está el vuestro. Ese hombre era primo de tu abuelo y se casó con una de Las Lagunillas.

En cinco minutos te hacía el árbol genealógico entero. Salías del cementerio sabiendo dónde estaba tu familia y también quién le había comprado una mula a quién en 1982.

Ahora, si me pierdo, tengo que mirar los números de los nichos como si estuviera buscando una plaza de garaje. Y yo con las letras pequeñas ya tengo una relación complicada.

Una vez llevé flores al cementerio y, como hacía viento, vi cómo se escapó una corona. La vi rodar por el pasillo entre los nichos y salí detrás de ella como si fuera persiguiendo un autobús.

La corona iba cada vez más deprisa. Pasó por delante de tres familias, se metió debajo de una escalera y terminó apoyada en un nicho que no era el suyo.

Cuando conseguí alcanzarla, una señora me dijo:

—¿Esa corona es de su familia?

Y le contesté:

—Ahora mismo no lo sé. Pero por lo menos parece que ha elegido un sitio tranquilo.

Otra vez fui con un cubo, una bayeta y un frasco de limpiacristales. Me puse a limpiar el cristal del nicho y dejé aquello tan brillante que, al terminar, me vi reflejado y pensé que había aparecido otro difunto.

Yo era más de las tradiciones de aquí. De ir a Castil de Campos a la fiesta de las gachas. Allí sí que había susto, pero susto de verdad: te acercabas demasiado a la sartén y te quemabas el bigote.

Las gachas no necesitaban telarañas falsas, ni calabazas con luces, ni música de película de terror. Allí bastaba con una olla grande, harina, pan frito y varias personas diciendo:

—Cuidado, que esto quema.

Y aquello sí que era una experiencia inmersiva.

Un zombi en la calle Herrera
Pero hace dos años tuve yo mi propio Halloween.

Era de noche y me había tomado algunas cervezas de más. No muchas, pero las suficientes para que las farolas parecieran moverse con libertad. Subía por la calle Herrera, después de mi cita habitual al Azahara, pero esa noche debo reconocer que se complicó la cosa. Ya se sabe lo que pasa con las "conviás".

—Llena a Manolo.

—Jesús ponle la penúltima a peringanico y me cobras.

—Manolo, lo tienes tó pagao y dos cervezas más pendientes que te han dejado pagadas.

Ay madre mía, me tenía que haber ido media hora antes.

Pues nada, inicié mi tambaleante camino hacia casa y en la calle Herrera esa noche había poca luz. Alguna que otra farola dijo que como era noche de difuntos se apuntaba a dar ambientación a la cosa.

A lo lejos vi una figura que caminaba de una manera extraña.

Iba encorvado, tambaleándose, con los brazos un poco separados del cuerpo.

Yo, como soy seguidor de The Walking Dead, inmediatamente me puse en modo Rick Grimes. Rick Grimes, con "s" al final, que lo he mirado después. En mi cabeza ya estaba yo defendiendo Priego de una invasión de muertos vivientes.

Pensé:

—Manolo, ha llegado tu momento. Tantos capítulos viendo la serie tenían que servir para algo.

Me imaginé clavándole un cuchillo al zombie en la cabeza, con una precisión tremenda, como hacen en la televisión. El problema es que busqué algo para defenderme y lo más punzante que llevaba era la llave de mi casa.

Yo miraba la llave y pensaba:

—Esto, como mucho, le abre una herida pequeña.

El zombie se acercaba despacio. Yo dudaba entre salir corriendo, esconderme detrás de un contenedor o enfrentarme con la llave de casa, que es un arma muy digna para abrir puertas, pero regular para combatir muertos vivientes.

Además, si le clavaba la llave y luego no podía entrar en mi casa, el problema era doble: me comía el zombie y me quedaba en la calle.

Cuando estuvo más cerca, vi que no era un zombie. Era alguien que se había tomado más cervezas que yo y algún que otro combinado nacional.

Vamos, que no estaba muerto viviente: estaba haciendo la digestión líquida.

Le dije:

—Buenas noches.

Y me contestó:

—¿Tú sabes dónde está mi casa?

Yo le dije:

—No, pero si me das las llaves, igual la encontramos.

Nuestros propios sustos
Yo no digo que los niños no se diviertan. Que se disfracen, que pidan caramelos y que hagan sus fiestas. Pero también estaría bien que no olvidáramos nuestras propias tradiciones.

Aquí tenemos cementerios, flores, gachas, recuerdos familiares y personas como Antonio "Chico" y Luis, que conocían la historia de todos los que descansaban allí. Eso también forma parte de nuestra cultura.

No hace falta importar todos los sustos. En Priego llevamos muchos años teniendo los nuestros.

A veces basta con abrir una factura, mirar el precio del aceite o intentar subir una cuesta después de comer.

Eso sí que da miedo.

Manuel Paredejas
Maestro jubilado y prieguense de secano.

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